San Buenanventura

(1217-1274)

Obispo, Cardenal, general de la Orden Franciscana, Doctor de la Iglesia. 

Fiesta: 15 de Julio

 

Niñez y juventud

San Buenaventura o Juan de Fidanza –su nombre de origen- nació en Bañorea (Bagnoreggio), pequeña ciudad italiana en las cercanías de Viterbo[1], entre los años de 1217 a 1221. Sus padres fueron Juan Fidanza y María Ritella[2].

Un hecho milagroso ilumina su niñez como prenuncio de lo que sería su vida. Estando gravemente enfermo, su madre lo encomendó y consagró a San Francisco de Asís, por cuya intercesión y méritos recuperó la salud[3]. Se dice que de ahí viene su nombre Buenaventura, es decir, “bienaventurado” porque que pudo sobrevivir gracias al favor de Dios.

Llegado a los comienzos de la juventud se afilió a la Orden fundada por san Francisco de Asís, atraído por el hermoso vínculo entre la sencillez evangélica y la ciencia de la Orden de los Frailes Menores.

 

Estudios

Después de tomar el hábito en la orden seráfica, estudió en la Universidad de París, bajo la dirección del maestro inglés Alejandro de Hales. De 1248 a 1257, enseñó en esta universidad teología y Sagrada Escritura. A su genio penetrante unía un juicio muy equilibrado, que le permitía ir al fondo de las cuestiones y dejar de lado lo superfluo para discernir todo lo esencial y poner al descubierto los sofismas de las opiniones erróneas. El santo se distinguió en filosofía y teología escolásticas[4]. San Buenaventura ofrecía todos los estudios a la gloria de Dios y a su propia santificación, sin confundir el fin con los medios y sin dejar que degenerara su trabajo en disipación y vana curiosidad.

En el año de 1257, en “Doctor Seráfico” –como también se le llama- junto con Santo Tomás de Aquino, recibieron juntos el título de doctores[5].

 

General de la Orden de san Francisco de Asís

Cuando apenas contaba treinta y seis años, la Orden, reunida en Roma en Capítulo, le eligió por su Ministro General el 2 de febrero de 1257[6]. Por este servicio tuvo que viajar a través de Francia e Italia, llegando a Alemania por el norte, y por el sur a España, para celebrar Capítulos generales y provinciales. En ellos, iluminó con gran sabiduría a la Orden en temas de la legislación y estudio, y sobre todo en cuanto a la observancia de la regla, para la que señaló el justo término medio, equidistante del rigorismo intransigente y de la relajación condenable, una división que había resquebrajado la comunión al interno de la Orden.

San Buenaventura gobernó la orden de San Francisco durante 17 años, y por eso se le llama el segundo fundador de la Orden Franciscana.

En 1265, el Papa Clemente IV trató de nombrar a San Buenaventura arzobispo de York, pero el santo consiguió disuadir de ello al Pontífice. Sin embargo, al año siguiente, el Papa Gregorio X le nombró cardenal obispo de Albano, ordenándole aceptar el cargo por obediencia. San Buenaventura aceptó el servicio como un llamado de Dios.

San Buenaventura también participó del Concilio Ecuménico II de Lyon (1274). El Papa Gregorio X le encomendó la preparación de los temas que se iban a tratar acerca de la unión de los griegos ortodoxos pero murió antes de finalizado el concilio[7]. Un dato interesante es que Santo Tomás de Aquino también estaba invitado al Concilio de Lyon pero durante el viaje se enfermó y murió el 7 de marzo de 1274 a la edad de 49 años[8].

El Doctor Seráfico también murió durante las celebraciones del Concilio, la noche del 14 al 15 de julio, dejando consternación y tristeza en los padres conciliares pues había dejado un hermoso legado por el encanto de su personalidad y por la santidad de su vida.

El papa Sixto IV canonizó a Juan de Fidanza el año 1482. En 1588, Sixto V lo proclamó doctor de la Iglesia, asignándole el título de Doctor Seráfico. León XIII lo declaró príncipe de la mística. Y Pío XII exhortaba recientemente a los cultivadores de las ciencias eclesiásticas con palabras de San Buenaventura a unir el estudio con la práctica y la unción espiritual[9].

 

Obras

En los años de docencia en la universidad parisiense, Juan de Fidanza escribió comentarios a la Biblia y a las Sentencias de Pedro Lombardo. De la época de su gobierno nos quedan obras teológicas, apologías en que defiende la perfección evangélica y las Órdenes mendicantes de los ataques de sus adversarios; muchos centenares de sermones y opúsculos místicos como el Itinerario del alma a Dios. En sus obras hallamos, además, la síntesis definitiva del agustinismo medieval y la idea de Cristo, centro de la creación, y además la síntesis más completa de la mística cristiana[10].

Algunas de sus obras literarias son: el “Comentario sobre las Sentencias de Pedro Lombardo”, “Sobre la pobreza de Cristo”, tratado “Sobre la vida de perfección” -destinado a la Beata Isabel, hermana de San Luis de Francia-, el “Soliloquio” y el tratado “Sobre el triple camino”[11].

 

Personalidad

Para San Buenaventura la oración era la clave de la vida espiritual. No contento con transformar el estudio en una prolongación de la plegaria, consagraba gran parte de su tiempo a la oración propiamente dicha[12].

San Buenaventura no sólo era un teólogo que podía dar razón adecuada de los fenómenos místicos, sino que era también un creyente experimentado, que había vivido, por lo menos, algunos de los fenómenos místicos que analizaba. Su santidad de vida no excluía las recias luchas consigo mismo y con sus pecaminosas inclinaciones.

Entre sus virtudes preferidas están la humildad y la pobreza, la oración, la mortificación y la paciencia. En el desempeño de su cargo brillaron su prudencia, su humilde llaneza y amor de padre en atender a sus súbditos de cualquier categoría que fuesen. La piedad bonaventuriana es marcadamente cristocéntrica y mariana. Puso todo su empeño en imitar a Cristo, camino del alma. La Pasión de Cristo era el objeto preferido de sus meditaciones y amores. Todos los días dedicaba un obsequio especial a la Virgen Santísima y en honor suyo ordenó a sus religiosos que predicasen al pueblo la piadosa costumbre de saludarla con el rezo del Ángelus[13].

Mereció el título de “Doctor Seráfico” por las virtudes angélicas que realzaban su saber. El rostro de Buenaventura reflejaba el gozo, fruto de la paz en que su alma vivía. Como el mismo santo escribió, “el gozo espiritual es la mejor señal de que la gracia habita en un alma.”[14]

Buenaventura se entregó con entusiasmo a la tarea de cooperar a la salvación de sus prójimos, como lo exigía la gracia del sacerdocio. La energía con que predicaba la palabra de Dios encendía los corazones de sus oyentes; cada una de sus palabras estaba dictada por un ardiente amor. Papas y reyes, como San Luis, rey de Francia, universidades, corporaciones eclesiásticas y especialmente comunidades religiosas de ambos sexos eran sus auditorios. Los papas le distinguieron con su aprecio, consultándole en cuestiones graves del gobierno de la Iglesia[15].

 

Oración para después de la Santa Eucaristía compuesta por San Buenaventura[16]

Traspasa, dulcísimo Jesús y Señor mío, los senos más escondidos de mi alma con el suavísimo y saludabilísimo dardo de tu amor y de una verdadera y pura caridad, tal como la que llenaba el corazón de los Santos Apóstoles, a fin de que desfallezca y se derrita sólo en amor tuyo y en deseo de poseerte.

Que ansíe por Ti, que desfallezca en tus atrios, y que no aspire más que a verse libre para unirse contigo. Haz que mi alma tenga hambre de Ti, oh Pan de los Ángeles, alimento de almas santas, pan nuestro cotidiano, lleno de fortaleza, de dulzura, de suavidad, que a cuantos con él se nutren hace sentir las delicias de su sabor.

¡Oh Jesús a quien los Ángeles desean siempre contemplar, haz que mi corazón sin cesar tenga hambre de Ti, se alimente de Ti, y lo más profundo de mi alma sea regalado con la dulzura de tus delicias. Que mi corazón tenga siempre sed de Ti, oh fuente de vida, manantial de sabiduría y de ciencia, río de luz eterna, torrente de delicias, abundancia de la casa de Dios.

Que no ambicione otra cosa sino poseerte, que te busque y te encuentre, que a Ti me dirija y a Ti llegue, en Ti piense, de Ti hable y todo lo haga en loor y gloria de tu nombre, con humildad y discreción, con amor y deleite, con facilidad y afecto, con perseverancia hasta el fin; y que Tú sólo seas siempre mi esperanza, toda mi confianza, mis riquezas, mi deleite, mi contento, mi gozo, mi descanso y mi tranquilidad, mi paz, mi suavidad, mi olor, mi dulcedumbre, mi alimento, mi comida, mi refugio, mi auxilio, mi sabiduría, mi heredad, mi posesión, mi tesoro, en el cual esté siempre fija, firme y hondamente arraigada mi alma y mi corazón.

Amén.

 

Bibliografía

 

 

 

 

 

[1] Cfr. Meseguer, Juan, O.F.M., San Buenaventura, en Año Cristiano, Tomo III, Madrid, Ed. Católica (BAC 185), 1959, pp. 121-125. http://www.franciscanos.org/bac/buenaventura.html

[2] Cfr. http://www.corazones.org

[3] Cfr. Meseguer, Juan, O.F.M., San Buenaventura, en Año Cristiano…

[4] http://www.aciprensa.com

[5] Cfr. http://www.corazones.org

[6] Cfr. Meseguer, Juan, O.F.M., San Buenaventura, en Año Cristiano…

[7] Cfr. http://www.aciprensa.com

[8] Cfr. http://www.corazones.org

[9] Cfr. Meseguer, Juan, O.F.M., San Buenaventura, en Año Cristiano…

 

[10] Cfr. Meseguer, Juan, O.F.M., San Buenaventura, en Año Cristiano…

[11] Cfr. https://www.aciprensa.com

[12] Cfr. http://www.corazones.org

[13] Cfr. Meseguer, Juan, O.F.M., San Buenaventura, en Año Cristiano…

[14] http://www.corazones.org

[15] Cfr. Meseguer, Juan, O.F.M., San Buenaventura, en Año Cristiano…

[16] https://www.aciprensa.com/santos/santo.php?id=212

 

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